lunes, 23 de enero de 2017

Frío

Frío es tener un sólo corazón y no saber acercarle tu sangre.
Frío es ser frío cuando te están abrazando.
Frío es el cristal de una lágrima que no se escapa.
Frío es teñir de blanco las caricias que me dabas.
Frío es no sentir nada mientras te miro a los ojos.
Frío es mirar el camino con los pies descalzos.
Frío es levantar la vista y que todo lo tuyo no esté delante.
Frío es estar despierto sin que nadie te hable.
Frío es escribir a la nada y que todo se te parezca.
Frío es tu rostro cuando no estás tan cerca.
Frío es el fuego incesante de un perfil apagado.
Frío es el desconsuelo de saberte distante.
Frío es el día en que se me escapó tu nombre.

Frío es ese lugar donde siempre te escondes.

martes, 15 de noviembre de 2016

Silencio

Silencio en las cortinas, como si lo demás fuese absorbido por ti y tú lo hubieras arriesgado todo por mi silencio. Al entrar, viste que todo era oscuro, como si la luz avanzara lentamente hasta tus ojos, sabiendo que ahí dormiría enredada con los astros. Calor en la noche, porque el tiempo estaba indeciso de si vendrías y al final partió las manillas para la locura eterna y el frío se dio la vuelta con una lágrima cristalina. Ni siquiera la lluvia se había enterado de nuestro momento, quizás porque no mandé la carta al cielo. Entiendo que se muera de celos. Y tú, claro. Dabas un paso y crecía el camino, me dabas la mano y se acortaba; abrías la boca y todo era verso, la cerrabas y lo demás cabía en un beso. Todo era tan tuyo que a mí el mundo me parece prestado. Tenía la sensación de que tú ibas dándome permiso de residencia para estar allí, a pesar de que aquel rincón lo había tallado yo con la punta de una espina antigua que salió de mi espalda. Y luego estaban tus cosas, las que llevabas sin maleta porque cabían dentro de ti. Tus cosas, tus regalos. Esa inconsciente manía de dar todo lo que yo buscaba. Todo era más fácil contigo, todo tenía sentido cuando rozaba tus manos. 
Y era así porque ese todo era un sueño sin rostro, un sueño a medida de mis sueños. Tú encendías el mundo y yo me perdía boquiabierto. Después se desvanecía y dejaba vacía la noche. Y, ¿quién sabe? Quizás no vuelvas.

lunes, 9 de mayo de 2016

Un lugar nuevo.

De repente, aquí estoy. No es el lugar de siempre, ni un sitio concreto en el que no haya estado antes. Es como estar en dos destinos a la vez y sin saber bien dónde. Un espacio en el que miras lentamente para guardar cualquier detalle en ese lugar de tu memoria donde se aferran los recuerdos toda la vida. Aquí parece que no hay frío, ni calor; no sé si hay ruido o si la gente me escucha en silencio; no entiendo el idioma, aunque hablan como los nuestros. Aquí se escapa la sal de la vida por las rendijas de la ropa, se intuyen las miradas porque las marca una sombra que nunca se borra del cielo que pisas. De repente te encuentras pensativo, con el contraste en la espalda de una pasión descarnada que se vuelve intermitente y que huele a fragancia de vida recién estrenada. No me preguntes por qué, ese lugar no es la nada, no es el todo, ni es un sitio que estrene las horas sin contar la madrugada. Pero al cruzar su esquina, solo su aliento me empapa. Y sin saber cómo llegar hasta aquí, sin poder buscar las coordenadas, sin ni siquiera saber si es un lugar que pintó su huella en un mapa, hoy siento que se puede vivir en medio de todo esto que forma parte de los días, que nunca se acaba de pisar por sus calles, que son arterias por las que pasa mi sangre. De repente, aquí estoy. Y no sé si es tan solo un detalle pasajero o es compañero de viaje que se aferra a mi talle. Dímelo tú que siempre le pintas al aire, que sueles esbozar la sonrisa cuando nadie la disfruta y me gritas tu nombre con la voz que recorre cada fuente diminuta. No quiero marcharme, porque no sé por dónde camino. 

miércoles, 21 de octubre de 2015

El despertador del alma.

Comenzaron a sonar las primeras campanas, avisando al sol de la premura de su marcha. Al cielo le empezaron a salir canas, mientras unos pasos se apresuraban a entrar en San Francisco. No era especialmente tarde, ni siquiera había prendido la leña que asa las castañas. Alguien subió al campanario, porque el tiempo le regaló una ronquera a aquel despertador del alma. Un señor con sotana y manos atrás se va dejando llevar por el perfume barroco de aquellas paredes, porque cuando cierras los ojos, la brújula de tus sentidos te lleva hacia allí. Parecía un día cualquiera donde todo está en su sitio y el mismo orden silencia el eco centenario que atrapa la iglesia. Ahora entra, bastón en mano, un caballero que sujeta con 83 años una boina que podría ser narradora de la mejor novela que ha escrito Priego. Camina lento, no por la edad, sino porque sabe que un segundo en ese sitio es un latido de vida que rejuvenece. Decide aquel día pararse en cada capilla, inclina la cabeza en señal de respeto y adoración, porque sus rodillas ya no dan para besar el suelo, y mientras, saluda al sacristán que contempla el sagrario, encontrando la verdad con la llama de un cirio. Se van acercando las primeras ancianas, con el goteo incesante de una fuente del Adarve. La noche ya se ha rendido a los pies de un pueblo señor que busca en cada minuto un espejo donde mirar su encanto, mientras el frío aparece susurrándole al aire una canción de bienvenida. El otoño es así, con sus cosas, sus gestos, su gente.

Fotografía: Ana Gallego.

martes, 5 de mayo de 2015

La noche despierta.

No era nada raro. Circulaba con descaro aquella novedosa canción, como queriendo decir algo que se encontraba oculto en alguna parte que nadie conocía. Sonaba con insistencia en la noche despierta, cuando las sonrisas se separan del cuerpo, buscando hacer tuya una letra que no va con nadie. Y así, la canción seguía su tarea de enseñar, con los dientes afilados, una historia que seduzca a quien se para a escuchar. Era una canción sin baile, que solo pretendía que la oyeras. Una melodía distinta, con la garganta desgarrada por el tiempo y una rima de verso suelto, como sueltas quedan las horas cuando pasas de canción. Por eso insistía tanto en aquella noche. No quería escaparse de aquel lugar. Pretendía quedarse y que me rindiera ante ella, buscando en mi memoria un hueco para dejarla efímera o duradera. Aquella rima tenía hechuras de mujer descontrolada, una silueta imperfecta que me hacía rendirme por momentos. Quizás no era una letra normal, porque conseguía cautivarme entre tantas canciones de ritmo inquieto. Supe enseguida que no era igual a las demás, porque lo nuestro era una conversación en la que yo cerraba los ojos para que supiera de mí tanto como yo sé de ella. Al fin parecía que encontraba mi canción perfecta.