lunes, 9 de mayo de 2016

Un lugar nuevo.

De repente, aquí estoy. No es el lugar de siempre, ni un sitio concreto en el que no haya estado antes. Es como estar en dos destinos a la vez y sin saber bien dónde. Un espacio en el que miras lentamente para guardar cualquier detalle en ese lugar de tu memoria donde se aferran los recuerdos toda la vida. Aquí parece que no hay frío, ni calor; no sé si hay ruido o si la gente me escucha en silencio; no entiendo el idioma, aunque hablan como los nuestros. Aquí se escapa la sal de la vida por las rendijas de la ropa, se intuyen las miradas porque las marca una sombra que nunca se borra del cielo que pisas. De repente te encuentras pensativo, con el contraste en la espalda de una pasión descarnada que se vuelve intermitente y que huele a fragancia de vida recién estrenada. No me preguntes por qué, ese lugar no es la nada, no es el todo, ni es un sitio que estrene las horas sin contar la madrugada. Pero al cruzar su esquina, solo su aliento me empapa. Y sin saber cómo llegar hasta aquí, sin poder buscar las coordenadas, sin ni siquiera saber si es un lugar que pintó su huella en un mapa, hoy siento que se puede vivir en medio de todo esto que forma parte de los días, que nunca se acaba de pisar por sus calles, que son arterias por las que pasa mi sangre. De repente, aquí estoy. Y no sé si es tan solo un detalle pasajero o es compañero de viaje que se aferra a mi talle. Dímelo tú que siempre le pintas al aire, que sueles esbozar la sonrisa cuando nadie la disfruta y me gritas tu nombre con la voz que recorre cada fuente diminuta. No quiero marcharme, porque no sé por dónde camino. 

miércoles, 21 de octubre de 2015

El despertador del alma.

Comenzaron a sonar las primeras campanas, avisando al sol de la premura de su marcha. Al cielo le empezaron a salir canas, mientras unos pasos se apresuraban a entrar en San Francisco. No era especialmente tarde, ni siquiera había prendido la leña que asa las castañas. Alguien subió al campanario, porque el tiempo le regaló una ronquera a aquel despertador del alma. Un señor con sotana y manos atrás se va dejando llevar por el perfume barroco de aquellas paredes, porque cuando cierras los ojos, la brújula de tus sentidos te lleva hacia allí. Parecía un día cualquiera donde todo está en su sitio y el mismo orden silencia el eco centenario que atrapa la iglesia. Ahora entra, bastón en mano, un caballero que sujeta con 83 años una boina que podría ser narradora de la mejor novela que ha escrito Priego. Camina lento, no por la edad, sino porque sabe que un segundo en ese sitio es un latido de vida que rejuvenece. Decide aquel día pararse en cada capilla, inclina la cabeza en señal de respeto y adoración, porque sus rodillas ya no dan para besar el suelo, y mientras, saluda al sacristán que contempla el sagrario, encontrando la verdad con la llama de un cirio. Se van acercando las primeras ancianas, con el goteo incesante de una fuente del Adarve. La noche ya se ha rendido a los pies de un pueblo señor que busca en cada minuto un espejo donde mirar su encanto, mientras el frío aparece susurrándole al aire una canción de bienvenida. El otoño es así, con sus cosas, sus gestos, su gente.

Fotografía: Ana Gallego.

martes, 5 de mayo de 2015

La noche despierta.

No era nada raro. Circulaba con descaro aquella novedosa canción, como queriendo decir algo que se encontraba oculto en alguna parte que nadie conocía. Sonaba con insistencia en la noche despierta, cuando las sonrisas se separan del cuerpo, buscando hacer tuya una letra que no va con nadie. Y así, la canción seguía su tarea de enseñar, con los dientes afilados, una historia que seduzca a quien se para a escuchar. Era una canción sin baile, que solo pretendía que la oyeras. Una melodía distinta, con la garganta desgarrada por el tiempo y una rima de verso suelto, como sueltas quedan las horas cuando pasas de canción. Por eso insistía tanto en aquella noche. No quería escaparse de aquel lugar. Pretendía quedarse y que me rindiera ante ella, buscando en mi memoria un hueco para dejarla efímera o duradera. Aquella rima tenía hechuras de mujer descontrolada, una silueta imperfecta que me hacía rendirme por momentos. Quizás no era una letra normal, porque conseguía cautivarme entre tantas canciones de ritmo inquieto. Supe enseguida que no era igual a las demás, porque lo nuestro era una conversación en la que yo cerraba los ojos para que supiera de mí tanto como yo sé de ella. Al fin parecía que encontraba mi canción perfecta.

martes, 10 de marzo de 2015

La vieja Cuaresma

Se dejaba caer por Priego cuando el invierno ya había calado en los huesos de su gente y cualquier constipado era un equipaje de mano que se hacía presente a diario. Entraba sin llamar, porque su toque de campana era un sonido que solo se escuchaba en la madrugada y su andar errante hacía que las sombras perdieran su nombre. No solía hablar con nadie, porque nadie sabía por dónde caminaba. Y al despertar, siempre se miraba en el espejo, sabedora de que ella era el reflejo de los sueños. Cada noche visitaba una hermandad y le regalaba su vida. Se entremezclaba con los aromas de esos días y hacía creer a todos que era eterna. Todos decían de ella que se dejaba ver poco, apenas cuarenta días. Ella era todo geranio y fantasía, luz de cirio y rebeca de noches largas. Era ilusión y entrega, desencanto y lluvia enemiga, capirote torcido y gafas de pasta con cristal de cera. Ella era alboroto y tierna mirada, silencio que pasa y esfuerzo sobrehumano, voz desgarrada y sentencia, añoranza y fe descontrolada. Era esfuerzo y espera larga, humildad y memoria desmejorada, llamador temprano y luz de llama avivada. Ella era cualquier nombre y ningún apellido, era la buena amiga y la esperanza, el árbol de buena sombra y el aire que silba plegarias. Era, de las tardes, su primera premisa, la llamada menos esperada, el ruido del agua de Santa Ana. Ella era la huella de un ensayo largo, el chirriar de los dientes al meter el hombro, la vigilia perfecta. Era delicadeza de las horas, un largo credo diario, un llamador sin sonido que golpea en el pecho. Ella era caída inesperada y mirada al cielo, papeles que vuelan sin rumbo y frío que se apaga, amistad sin permiso y alpargata que descansa. Era desfile prematuro y amanecer que se agiganta, nubes que quieren marcharse y tambores que se quedan hasta el alba, mirador de grandes ojos y cintura maltrecha y anciana. Ella era calle sin fin y candelaria mojada, varales impacientes e incienso que quita el sofoco, pájaros que caminan de puntillas y niños que rezan cada mañana. Era penitente sin vestir y costalero de verdugo antiguo, palma sin rizar y túnica recién planchada, farol sin vela y acera despejada. Ella era prisa de última hora y detalles que se escapan, clavel que se rompe y lágrima temprana, cántaro de agua y plata envejecida, guantes desgastados y ciriales que no se levantan. Era belleza que no llega y letanía que nos prepara, murmullo de lejos y sacerdote que nos abraza, angustia que aprieta y paz que nos regala. Ella era hebrea que mira de reojo y sayón que hace llorar a una saya, labios que no pronuncian y manos que acarician la capa, palio que espera una marcha que todavía no tiene trombón ni flauta. Era suspiros entreabiertos y madre que no duerme esperando tu llegada, luz tenue que cala en los ojos y atardecer sin cara, fuente de piedra y encalado de las plazas. Ella era la vieja Cuaresma, todo lo que cabe en una vida que florece cuando la llamas. 

Artículo del Periódico Adarve.

sábado, 7 de febrero de 2015

Ahora que estoy solo.

Esta noche soñaré contigo, me dejarás despierto mientras se pasan las horas entre un suspiro que es de mis penas aliento. Empezaré a pensar en ti, sin que estés conmigo. Lloraré escondido de la luna, deseando que pase el tiempo entre lágrima y desdén, en un lugar donde no habita nadie. Porque sólo yo conozco el ruido destemplado que deja el silencio cuando lo nombro, la sensación oscura que produce el viento cuando silva canciones sin letra. Esta noche volveré a pensar en ti, en tu despedida. Ahora que estoy solo miraré lo rápido que se mueve el reloj cuando se pierden las cosas valiosas de la vida. Ya no hay remedio para tanto alboroto, ni pasión descarnada que endulce las esquinas. No quedan consuelos de media noche, ni llantos apacibles. No reconozco entre tanta voz, una que me haga escribirle un verso como el tuyo. No se hicieron estos días para mí, no se hizo mi boca para gritar tu nombre, ni mis pies para andar otro camino por el que tú jamás pisaste. Ahora que estoy solo, quisiera mirar al cielo, que allí siempre hay un amigo, un consuelo, una estrella, una mirada. Porque la soledad no se palpa, ni se mira. La soledad no es estar solo, sino sentirse sin nadie con quien hablar. Es enemiga de un abrazo anónimo y escudera de las noches largas. Esta noche soñaré contigo, porque, aunque esté solo, me sentiré entre tus brazos.