viernes, 4 de mayo de 2012

las lágrimas del destino...

Algo le habremos hecho al cielo, para que el cielo llore. A veces despacio y sin llamar la atención, y otras desconsolado. A ese llanto en el campo lo llaman esperanza y en tus calles lo esquivamos cerrando los ojos. La lluvia. Aparece en nuestros días y lo tiñe de gris, lo entristece sin querer, como dando a entender la soberanía de sus gotas. Es tan necesario cuando no está, como superfluo cuando llega sin avisar y de golpe nos abriga la tarde y nos cambia los planes. Se van clavando las gotas en cada paso que damos y nos deja una huella que pareciera imborrable y que solo dura lo que dura la mirada en cambiar de aire. La lluvia. A veces, además, aparece en un sueño de vuelta a casa, de esos que se truncan por los caprichos del cielo. Hasta el corazón se empapa de las lágrimas del destino, cuando el misterio nos oculta la llegada repentina. Si el cielo llora, no pensemos en las consecuencias, sino en la causa de su llanto. La lluvia, la caprichosa lluvia, la bendita lluvia, la razón de la lluvia...

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