lunes, 28 de mayo de 2012

Nada más...


Se perdió un día cualquiera, se despistó un instante preciso, desapareció sin despedirse. A veces fue la fuerza del alma, otras el primer escalofrío de la mañana, y siempre ocupa un lugar en el corazón de la noche. 
Se marchó sin volver la mirada, sin cerrar la puerta de la emoción. Era eso que a veces desborda ilusión y otras no es más que un ruido destemplado y baldío. Prendió durante siglos entre la gente, jamás  señaló a nadie, incurrió en la emoción del viento y nos enseñó su sonrisa transparente. Nos enternece en algún segundo de ese eco infinito que desprende, nos emociona su saber estar, su oportunismo. A mí me suena a tradición, y a veces a esa mezcla de arte y sueño. A veces se acerca, y se funde en un abrazo que nos sabe a eternidad. 
Pero vuelve, por detrás, sin ser protagonista de ninguna historia. Siendo el indispensable balcón romántico de un cuento, soportando los pilares de unos besos. A veces se esfuma con el aire y otras vuelve con una mirada de ensueño.
El silencio...

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