lunes, 22 de octubre de 2012

Una vela, una oración...



La luz, la cera, el viento, la palabra...
Es la luz que nos despierta cada mañana, la luz que abre mis ojos tan despacio como marca el tiempo de la espera. Una luz solitaria, intensa y callada, fornida y suave. La luz rancia de un candil mal apagado, la de un cirio que llora lágrimas de cera, desconsolado, abatido.
La cera que sostiene el mundo, la que abastece el día con rayos de luz tan distintos unos de otros. Es la cera que se construye con la fe, la que alimenta una lamparilla cerca del suelo, aquella que desnuda el alma. Es la cera, pilar fundamental de esta historia; es la cera, arrastrada por el viento, tan lejos como alcance a mirar un penitente.
El viento que silba por delante del silencio, ese viento que impulsa los latidos de una noche fría, sombría, destemplada, sonora, triste, apenada. Es el viento, el hilo conductor de la semilla que aparece en la cosecha imprescindible de una oración de consuelo. El viento que va y viene, según crea Dios que se hace tangible a los ojos. Fue el viento quien me llevó sin rumbo hasta tropezar con tu palabra.
La palabra firme, clara, concisa, racional, esa que desfigura los versos a su antojo. La palabra justa, la que hiere mi argumento ante ti, la que traspasa tanto corazón roto. Es la palabra que da la vida, la que mantiene la fe intacta, la que te enseña una salida, la que ilumina mi plegaria. Hay días en que sólo necesito una palabra, la que Tú me das, esa palabra de aliento, la del suspiro eterno.
No hay miedos con tu luz, no hay imposibles de cera, no hay viento que derribe la pasión que nos une, no hay palabra más sabia que la tuya...

Fotografía: Manuel J. Osuna

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