lunes, 1 de abril de 2013

Viernes de Dolores.


Primavera. Cuaresma. Rezaba, reía, lloraba, sentía. Venía a verte, te saludaba, me creías. Te enseñaba mi plegaria y Tú me consolabas, me prometías, me prestabas tus lágrimas con redobles que latían. Me miraba en tus ojos, en el espejo de estos días, entre cejas de albores y Viacrucis con brisa. Viernes. Felicidades María. Otro día, tu día. Y a pesar de tu sonrisa más fina, del color de tus mejillas, del cristal de tus lágrimas; hoy lloras, como lloro yo, por la muerte de tu Hijo, por sus penas, su agonía. Lloro entre varales, entre calvarios de emoción, entre caídas. Y todo queda en el recuerdo. Como el encaje del Lunes Santo, igual que tus mecidas, como el paso de un costalero que se emociona con los ¡vivas!
Entre siglos de grandeza, en tu camarín, en la aurora anticipada, en el jardín y la cera, en la mañana. Te miro y te sueño en los carriles de tu presencia, entre flores y medallas, con los rosarios a cuestas, entre miles de miradas, contando los rezos, escuchando las sentencias. A ti te sienta bien la madrugada y los silencios que te prestan, entre inciensos y navetas, con el olor y la luz de las antorchas.

Y te sientan bien los peinados,
las mantillas y tocados,
la cera color tiniebla,
los fajines y los mantos,
las rosas y las violetas.
Los repiques de tambores,
las campanas y las estrellas.

Y que Dios me perdone,
si en ternuras te atavío,
que tantas palabras en el aire,
tanto verbo florecido,
se dibujan por las tardes
entre música y latidos.

Yo soy hombre y Tú mi Madre,
y mi verso es emoción.
es saeta, es una salve
de ternura y compasión.

Porque en Ti creo,
con mi herida en la memoria,
los tropiezos del sendero
y los caprichos de mi historia.

Por eso, Madre, te quiero,
igual que los ancianos,
como el cirineo de los cielos,
desde lo alto hasta lo llano.

A mi hermano lo quieres Tú,
como tu Hijo, el soberano,
que se bajaría de la Cruz
para cogerte la mano.

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