lunes, 30 de septiembre de 2013

Ando buscándote.

Suelo pisar las calles con el perfil de tus pasos, en silencio, muy despacio, al ritmo de las hojas de un otoño impaciente. Es octubre, el color es distinto y las estampas se alejan de tu iglesia. Sólo se atisban algunas sombras efímeras y el viento sopla incienso inesperado en algún caprichoso día que la memoria dejó marcado. Me dejo caer por tu casa y te miro diferente, como queriendo buscar en Ti algo que me lleve a otra fecha. Suelo ser de esas personas que pretenden vivir todo el año en primavera, sin importar el frío, ni los rallos de sol que tanto aprietan, porque vivir en Ti es pensar en tus mecidas, en cada redoble que marca tus andares y los decora con trompetas. Vivo entre ayer y hoy, pensando tantas veces en un cielo que cada noche se acerca, hablándote por debajo de una voz que te llama sin aliento. Vivo pensando en tus cosas, ésas que de verdad me consuelan. Vivo creyendo en tu presencia, en cada resplandor que emana de tu estrella, vivo queriendo rozar tus manos y estampar tu belleza en cada acera. Es así, a tu manera, como se vive la fe con certeza, sabiendo que si no es por ti, ninguno de mis sueños a tus mantos se cosiera. Yo vivo por tu rostro, Encarnación, queriendo llegar a Ti como lo hacía una hebrea, siguiendo tus pasos pegado a una flor que solo crece en primavera. 

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