martes, 17 de septiembre de 2013

Las verdades del mañana.

Se dejan llevar entre la gente, se despreocupan de mirar donde sople el aliento del sol, de frente, de pie, sin parecer que el tiempo se vuelve inerte. Se superan entre sí, bailando sin música, con dos pasos y un frenesí, callados, inquietos, perplejos, con el asombro que da el cristal propio donde se piropea el hombre. Ese mismo cristal que se vuelve sincero cuando lo agita un rostro. Se desean sin verse y se llaman a voces lentas, se presumen, se creen importantes porque pronuncio muchas veces su nombre, giran con la marea que gira una veleta. Son tan castizos como las piedras del Adarve y más testarudos que mis ganas de vivir. Se recrean en el limbo por miedo a la realidad de una noche. Pero salen a la luz más tarde que temprano, a voces melódicas. Y una vez que llegan, se dejan caer en mi corazón y duermen incansables sin almohada ni bastón, con el sonido de mi esperanza y la ilusión de quien parece un niño y tiene voz de terciopelo rasgado. Que así sean.  

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