lunes, 11 de noviembre de 2013

La canción más triste del mundo.

Se cicatrizaban los errores, mientras a mi paso iba dejando un reguero de tristeza inequívoca que asombraba a quien perdía la vista en las entrañas de ese balcón saludable por el que me asomo cada día. Por allí siempre sonaba la misma canción con una letra distinta por noche. Y así iba pasando el otoño, sin despeinar a nadie ni pedirle aumento de sueldo a la próxima estación, por aquello del sobre esfuerzo. Se disimulaban muy bien todos los retales de lluvia en mis ojos y de vez en cuando se apaciguaba la tormenta por antojos de una sonrisa que solo asomaba de la mano de una mirada trágica. Por eso se creó la canción más triste del mundo, porque también los llantos piden su momento de gloria y le exige al tiempo un protagonismo que le pertenece. La tristeza debe ser siempre pasajera indispensable de la vida, compañera de los golpes y novia de las caídas. Y además, la tristeza es antesala de lo eterno, de un silencio y un abrazo compañero, el camerino por el que pasamos todos antes de empezar a vivir cada día, ese lugar tan oscuro donde guardamos un recuerdo que sólo aparece vestido de soledad. Por eso, a veces empantanamos nuestros pasos por culpa de la memoria y le damos paso a una lágrima que no queremos ver salir. Pero que toda tristeza sea armonía y haga del tormento una manera de escribir las notas que le den ritmo a la canción más triste del mundo. 

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