jueves, 12 de diciembre de 2013

La mano que mece la cuna.

De noche, tan de noche que hasta la luna bostezaba y el silencio llenaba las calles de un Belén de serrín. Se había presentado de repente la helada y en todas las casas había hospedaje para largas mantas que despreciaban el frío. Un frío que vino a calarse entre las pobres ropas de aquel hombre que no llevaba rumbo, pero sí un destino. Fue durante horas un cruel espejo de sacrificio, de lucha y entrega, de cariño. Porque supo buscar sin descanso un lugar para el cobijo, un techo pobre y viejo donde pudieran posarse por primera vez los ojos de un niño. Ese hombre encontró muchas casas, pero todas sin puerta, hubo muchas llamadas y todas llevaban a la espalda un hiriente “no” por respuesta. Anduvieron quizás más de la cuenta, acompañados por una borriquita (el animal más cristiano del mundo) y por una criatura impaciente que ya su Madre había visto, sin ser ni siquiera recién nacido. Y allí estaba su palacio, al lado de aquel río de platilla, cerca de aquel rebaño que pisaba el musgo. Era un lugar que ya llevaba escrito su nombre y por chimenea un Ángel que esperaba ansioso la hora. Encontraron por buen augurio dos estufas con cara de mula y buey y una cama con sábanas de paja y somier de leña.Llegó la hora. Y casi nadie se dio cuenta. El mundo cambió mientras dormía y a media noche se oyeron las calles despiertas. Ya llegó el regalo de María, ya nació la criatura más grande de la historia. Fueron entonces algunos los que le hicieron hueco a la memoria y buscaron entre sus cosas un bien para ese niño. Pastores y mujeres, incrédulos de ayer, creyentes de hoy, como la vida nuestra. Ya por fin cruzaron el puente tres Reyes, que desde aquel entonces darían muchas vueltas. Ya estamos de fiesta, como cada año, por si alguien no lo recuerda. Ya es Navidad, María. Ten cuidado que los ruidos lo despiertan. Mece la cuna esta noche, déjalo que duerma. Que hoy es Nochebuena y brillan más fuerte las estrellas. 

sábado, 7 de diciembre de 2013

21 de octubre de 2013.

Ciertamente, en las leyes de este mundo escritas en el tiempo, sobre el papel de la vida, se nos decía que el mal y el bien,  a pesar de encontrarse tan distantes, eran como primos hermanos y en realidad ese camino que los separaba era bien fácil de cruzar. Tan fácil que llevamos muchos siglos jugando con el mal, como si fuese parte de una fantasía de la niñez que al final se torna en pesadilla y de la que pareciera que ya no hay marcha atrás. Al mal le da igual lo que piense el resto, lo mismo se aparece disfrazado de guerra o de insulto hiriente o viene vestido de intereses políticos que se desmadraron. El mal es un torpe aliado de la vida que señala con el dedo a todo el que se cruza por mitad y descalifica hasta con la mirada. Es un ánimo susceptible de cualquier gesto. Es por esto que pienso que el mundo lleva mucho tiempo que gira al revés, premiando a quien hace algo bueno, como algo extraordinario.
Así es este mundo y este país en lo diario, capaz de regalarle al asesino la libertad, condenando a las víctimas a una cárcel de dolor perpetuo que no buscaron. Doctrinas  con nombre de malvado que acaban perdiendo de vista al inocente y hacen que el pueblo levante las manos pintadas de blanco y manchadas de sangre, exigiendo una libertad a la que se le dio un mal uso. Porque cuando se libera a un preso bajo la estricta y oxidada mirada de la Constitución, se le está abriendo la herida a una de las víctimas. En esas estamos, comprobando que mientras el mundo se pone de acuerdo, es la ley la que nos lleva la contraria, nos ata las manos y nos sella los labios. Y la ley siempre llevó por bandera el símbolo del bien y dejaba fuera de sus principios a los maltratadores, asesinos, violadores, ladrones y cobardes. Ahora parece que los barrotes de la cárcel  son de gomaespuma y los alguaciles hacen la vista gorda, porque si no, no se entiende que alguien que tiene por condena 2700 años sin luz, pueda amanecer antes de la vejez con vistas al mar, mientras desde el cielo caen lágrimas inocentes.
Ya se está encargando el tiempo de hacernos ver que la ley y la justicia se parecen poco y que el bien es un exiliado que quizás no volverá y que cuando aparece, se nos hace raro verle la cara. Tal vez sea difícil de entender, pero nos equivocamos dejando el poder de la ley en manos de gente con el corazón de piedra y sus intereses en el bolsillo. Porque pareciera como si ellos fuesen daltónicos del mal y el bien, crueles árbitros de la injusticia. Y cualquiera cambia ahora el sistema de reparto de condena, si nos quejamos de las pistolas del vecino de arriba y mientras nos escupimos a la cara con el de al lado.