martes, 25 de febrero de 2014

Penitente

Párate ahí, penitente. Deja que llore tu cirio, como sólo llora una Madre. Párate y reza bajito, que no te oiga nadie, que solo lea tus labios aquel a quien llamas Padre. Que no se vaya la noche todavía, que no es tarde. Que, aunque tú te canses, penitente, el camino es un alivio constante y la cera que derramas, aleja los males de tu corazón en un instante. Deja que lloren tus ojos, como lloran las calles cuando ven a lo lejos tanta luz y tanta vida. Di, mientras rezas con los labios callados, aquello que Dios le dijo a María: “Que tus labios tengan el sabor de la sal de mis lágrimas”.

Que no decaiga la luz de tu cirio, que sea llama viva de la candelería, que se hagan eternos los suspiros que te abrigan, que no se haga de día, que no resuene el alba, que sus ojos dejen las estrellas encendidas, que tú quieres estar siempre de Madrugada. Que tu cíngulo se quede permanente agarrado a tu fe, que tu túnica sea penitencia en los días malos, que el verdugo sea ventana abierta al mundo y cuando abras los ojos siempre te reciba Cristo. Que tu andar lleve el ritmo del tambor que marca las horas que acompaña la Buena Muerte, que te llame una fanfarria que le pone música al amor de una Madre con su Hijo, que solo te mueva el fervor, que solo seas penitente si en las noches tardías de relente te acompaña un cirio. 

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