viernes, 15 de agosto de 2014

El valor de una vida.

Quizás nos pasamos los días poniéndole precio a las cosas, intentando buscar el valor de lo que hacemos. Y nunca nos hemos parado a valorar nuestra vida, la de los demás. Por eso hoy tiene tan poco valor la vida del hombre, por eso menospreciamos al ser humano y así pagamos el alto precio de divinizar lo material hasta límites demasiado altos. La vida de una persona, de un niño, vale más que todas las cosas que lo rodean. El problema está en que cuando los políticos se creen dioses (que son muchas veces) acaban creyendo que tienen más poder del que les corresponde y se creen dueños de la vida de los demás, hasta el punto de ser capaces de decidir si quitarla o no. Eso es una guerra, una trifulca de señores que tienden a comportarse como niños pequeños y que arrebatan vidas, arruinan vidas, rompen vidas, asesinan vidas, maltratan vidas, a cambio de nada. Porque no hay nada positivo como consecuencia de una muerte provocada. Nada. Pudiera parecer un mal sueño, eso de que en pleno siglo XXI sigamos usando armas para decidir las cosas menos insignificantes de la vida. Porque lo verdaderamente importante es la familia, los amigos, el trabajo que dignifica y ayuda a seguir adelante. Lo importante es ser consecuente con el que menos tiene, ser justo con el que vive de injusticias, ser solidario con quien lo es. La vida es un cúmulo de pequeñas cosas que la hacen grande cada día. Y lo demás solo importa a quien entiende de lo material y por lo material lucha, quien dejó a Dios a un lado para creerse dueño del destino de los demás. Y así nos va. El mundo tiende a auto-destruirse, porque así lo hemos ido consintiendo. Y en vez de enmendar errores, preferimos mirar para otro lado y echarle la culpa al que estuvo antes que yo. Será lo que tenga que ser. Que Dios nos ayude.