jueves, 16 de octubre de 2014

El cuento.


Foto cedida por José Luis Sansaloni

Sería una noche de septiembre de cualquier año. En una plaza pequeña, con una fuente añeja, jugaban dos niñas a ser mayores. Se imaginaban los días como si ellas fuesen las dueñas del tiempo y pudieran decidir cuándo se deben parar las horas y hacer que todo cambie con un soplo de aire fresco. Usaban una papelera como fuente de inspiración, como si entre la basura estuvieran las mejores cosas de la vida, las que se nos escapan por falta de fe. Así, se entretenían en llegar con la mente a una fecha que no conocían y pensaban que ser mayor era su meta. En eso consiste la vida de algunas personas, en querer ser mayor cuando se es niño, o en querer ser niño cuando se es mayor. Y al final resulta que acaban siendo ancianos con la mitad de vida y muy pocos sueños.
Aquellas niñas se acercaban a la fuente y se paraban a mirar el agua, como queriendo detener el caño y convertir el momento en un manantial incesante de imaginación. Con el agua pensaban en que el mañana siempre es un buen día, si no se espera nada de él, tan solo deseando ver levantarse al sol. Los niños soñaban incrédulos, con un mundo mejor, en el que lo justo es lo correcto. Porque soñar es lo mejor, lo más ingenuo. 
De repente, dejó de sonar el agua y hasta los camiones pedían silencio, como antítesis de lo cotidiano. Las niñas se dieron cuenta de que tan solo podían oírse entre ellas, como si el resto del mundo hubiese dejado de latir. No eran capaces de sentir lo que cantan los pájaros a media tarde, cuando decae la luz. Ni siquiera se percibía el sonido incesante de los árboles de la Fuente del Rey, en su búsqueda por llamar la atención del turista. Como si la belleza se silbara... De repente, las niñas se pararon en medio del silencio, donde siempre te espera una oración inminente. Se decían no creer la oscuridad del ruido, porque llevan años percibiendo, con los ojos cerrados, todo lo que sucede en su día. Al fin, concluyeron que quizás las cosas buenas de la vida, no se cuentan, ni se dicen, ni se gritan. Lo importante se siente, se toca, se vive.