lunes, 10 de noviembre de 2014

El espejo de la vergüenza.

Daría lo que tengo por ti, porque tú eres lo que tengo. Y no me da miedo vivir aprendiendo a querer lo que es tuyo, porque mi mayor orgullo es quererte por dentro. Lo que tú eres, lo que sé de ti, se aprende muy lento, a fuego torpe de candil que en cada llama lleva un te quiero. Y si insisto en conocerte, no te escondas de perfil, que antes de aprenderme tu nombre, antes de querer ser más hombre, te llamo entre silencios, que si te toco me avergüenzo de verte llorar por mí. Lo que quiero decir es que tú eres mujer luchadora, que supo batallar por llegar hasta aquí con tus manos de marfil que tantas veces fueron mecedora.
Por todo esto, tú que eres mujer y como mujer encandilas, quiero que sepas que mueves el mundo con cada paso, con cada vez que respiras. Y nadie tiene derecho a negar tus encantos, a tapar tu belleza, ni reprimir tus ojazos. Porque la mujer es un arte hecho sentimiento, que se puso pronto de manifiesto y sin tapujos, ante los ojos extraños que envidian tanto bien ajeno. Para que me entiendas te diré que tú eres lo mejor de este mundo, sin condiciones. Que siempre habrá quien no te valore o quien piense que eres objeto. Y ese mismo quien cree ser hombre, debiera pararse un instante y mirarse bien el careto. Que para eso están los espejos de la vergüenza, que hacen llorar a alguien que, siendo cobarde, creyó ser tu dueño. Tú no sufras por nadie, ni mires tanto al suelo, ni creas que estás sola, que aquí estoy yo con tu sufrimiento. 
No se es hombre sin mujer que le quite las lágrimas a tus lamentos. Este mundo se hizo con pergaminos que llevaban escrita la historia, a través de los ojos cristalinos de una mujer que se sentía bien vestida de respeto. No hay nadie superior en esta tierra, no hay nadie que te mire por encima del hombro sin remordimiento. Por eso te dije tantas veces lo que pensaba, por eso eran míos tus secretos. Porque en mi vida, la alabanza lleva nombre de mujer y apellido de caballero. Ahoga tus penas en templanza y grita, si quieres, pero con respeto. Muerde el miedo que te producían los puños apretados de aquel que lleva escrita la violencia de género. Y tu voz, la que tanto susurraba por las noches, también debe endurecer su color y ser para el castigo un eterno reproche.
Y a ti, que te crees tan hombre y no eres más que un animal que a veces se esconde, ve pidiendo perdón por privarle la vida a una madre coraje, a una madre valor, a una madre dulzura, a una madre sonrisa que sin querer es burka asustadizo que ya no tiene sitio en un mundo que camina sin norte.
Y ahora, no sé cómo decírtelo sin ensuciar tu nombre. Que no hay mayor derroche de amor, que hacer feliz a una mujer, sin demostrar ser más hombre. 

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