martes, 10 de marzo de 2015

La vieja Cuaresma

Se dejaba caer por Priego cuando el invierno ya había calado en los huesos de su gente y cualquier constipado era un equipaje de mano que se hacía presente a diario. Entraba sin llamar, porque su toque de campana era un sonido que solo se escuchaba en la madrugada y su andar errante hacía que las sombras perdieran su nombre. No solía hablar con nadie, porque nadie sabía por dónde caminaba. Y al despertar, siempre se miraba en el espejo, sabedora de que ella era el reflejo de los sueños. Cada noche visitaba una hermandad y le regalaba su vida. Se entremezclaba con los aromas de esos días y hacía creer a todos que era eterna. Todos decían de ella que se dejaba ver poco, apenas cuarenta días. Ella era todo geranio y fantasía, luz de cirio y rebeca de noches largas. Era ilusión y entrega, desencanto y lluvia enemiga, capirote torcido y gafas de pasta con cristal de cera. Ella era alboroto y tierna mirada, silencio que pasa y esfuerzo sobrehumano, voz desgarrada y sentencia, añoranza y fe descontrolada. Era esfuerzo y espera larga, humildad y memoria desmejorada, llamador temprano y luz de llama avivada. Ella era cualquier nombre y ningún apellido, era la buena amiga y la esperanza, el árbol de buena sombra y el aire que silba plegarias. Era, de las tardes, su primera premisa, la llamada menos esperada, el ruido del agua de Santa Ana. Ella era la huella de un ensayo largo, el chirriar de los dientes al meter el hombro, la vigilia perfecta. Era delicadeza de las horas, un largo credo diario, un llamador sin sonido que golpea en el pecho. Ella era caída inesperada y mirada al cielo, papeles que vuelan sin rumbo y frío que se apaga, amistad sin permiso y alpargata que descansa. Era desfile prematuro y amanecer que se agiganta, nubes que quieren marcharse y tambores que se quedan hasta el alba, mirador de grandes ojos y cintura maltrecha y anciana. Ella era calle sin fin y candelaria mojada, varales impacientes e incienso que quita el sofoco, pájaros que caminan de puntillas y niños que rezan cada mañana. Era penitente sin vestir y costalero de verdugo antiguo, palma sin rizar y túnica recién planchada, farol sin vela y acera despejada. Ella era prisa de última hora y detalles que se escapan, clavel que se rompe y lágrima temprana, cántaro de agua y plata envejecida, guantes desgastados y ciriales que no se levantan. Era belleza que no llega y letanía que nos prepara, murmullo de lejos y sacerdote que nos abraza, angustia que aprieta y paz que nos regala. Ella era hebrea que mira de reojo y sayón que hace llorar a una saya, labios que no pronuncian y manos que acarician la capa, palio que espera una marcha que todavía no tiene trombón ni flauta. Era suspiros entreabiertos y madre que no duerme esperando tu llegada, luz tenue que cala en los ojos y atardecer sin cara, fuente de piedra y encalado de las plazas. Ella era la vieja Cuaresma, todo lo que cabe en una vida que florece cuando la llamas. 

Artículo del Periódico Adarve.