martes, 5 de mayo de 2015

La noche despierta.

No era nada raro. Circulaba con descaro aquella novedosa canción, como queriendo decir algo que se encontraba oculto en alguna parte que nadie conocía. Sonaba con insistencia en la noche despierta, cuando las sonrisas se separan del cuerpo, buscando hacer tuya una letra que no va con nadie. Y así, la canción seguía su tarea de enseñar, con los dientes afilados, una historia que seduzca a quien se para a escuchar. Era una canción sin baile, que solo pretendía que la oyeras. Una melodía distinta, con la garganta desgarrada por el tiempo y una rima de verso suelto, como sueltas quedan las horas cuando pasas de canción. Por eso insistía tanto en aquella noche. No quería escaparse de aquel lugar. Pretendía quedarse y que me rindiera ante ella, buscando en mi memoria un hueco para dejarla efímera o duradera. Aquella rima tenía hechuras de mujer descontrolada, una silueta imperfecta que me hacía rendirme por momentos. Quizás no era una letra normal, porque conseguía cautivarme entre tantas canciones de ritmo inquieto. Supe enseguida que no era igual a las demás, porque lo nuestro era una conversación en la que yo cerraba los ojos para que supiera de mí tanto como yo sé de ella. Al fin parecía que encontraba mi canción perfecta.