miércoles, 21 de octubre de 2015

El despertador del alma.

Comenzaron a sonar las primeras campanas, avisando al sol de la premura de su marcha. Al cielo le empezaron a salir canas, mientras unos pasos se apresuraban a entrar en San Francisco. No era especialmente tarde, ni siquiera había prendido la leña que asa las castañas. Alguien subió al campanario, porque el tiempo le regaló una ronquera a aquel despertador del alma. Un señor con sotana y manos atrás se va dejando llevar por el perfume barroco de aquellas paredes, porque cuando cierras los ojos, la brújula de tus sentidos te lleva hacia allí. Parecía un día cualquiera donde todo está en su sitio y el mismo orden silencia el eco centenario que atrapa la iglesia. Ahora entra, bastón en mano, un caballero que sujeta con 83 años una boina que podría ser narradora de la mejor novela que ha escrito Priego. Camina lento, no por la edad, sino porque sabe que un segundo en ese sitio es un latido de vida que rejuvenece. Decide aquel día pararse en cada capilla, inclina la cabeza en señal de respeto y adoración, porque sus rodillas ya no dan para besar el suelo, y mientras, saluda al sacristán que contempla el sagrario, encontrando la verdad con la llama de un cirio. Se van acercando las primeras ancianas, con el goteo incesante de una fuente del Adarve. La noche ya se ha rendido a los pies de un pueblo señor que busca en cada minuto un espejo donde mirar su encanto, mientras el frío aparece susurrándole al aire una canción de bienvenida. El otoño es así, con sus cosas, sus gestos, su gente.

Fotografía: Ana Gallego.

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