martes, 15 de noviembre de 2016

Silencio

Silencio en las cortinas, como si lo demás fuese absorbido por ti y tú lo hubieras arriesgado todo por mi silencio. Al entrar, viste que todo era oscuro, como si la luz avanzara lentamente hasta tus ojos, sabiendo que ahí dormiría enredada con los astros. Calor en la noche, porque el tiempo estaba indeciso de si vendrías y al final partió las manillas para la locura eterna y el frío se dio la vuelta con una lágrima cristalina. Ni siquiera la lluvia se había enterado de nuestro momento, quizás porque no mandé la carta al cielo. Entiendo que se muera de celos. Y tú, claro. Dabas un paso y crecía el camino, me dabas la mano y se acortaba; abrías la boca y todo era verso, la cerrabas y lo demás cabía en un beso. Todo era tan tuyo que a mí el mundo me parece prestado. Tenía la sensación de que tú ibas dándome permiso de residencia para estar allí, a pesar de que aquel rincón lo había tallado yo con la punta de una espina antigua que salió de mi espalda. Y luego estaban tus cosas, las que llevabas sin maleta porque cabían dentro de ti. Tus cosas, tus regalos. Esa inconsciente manía de dar todo lo que yo buscaba. Todo era más fácil contigo, todo tenía sentido cuando rozaba tus manos. 
Y era así porque ese todo era un sueño sin rostro, un sueño a medida de mis sueños. Tú encendías el mundo y yo me perdía boquiabierto. Después se desvanecía y dejaba vacía la noche. Y, ¿quién sabe? Quizás no vuelvas.

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