lunes, 3 de abril de 2017

El color del silencio



De repente, alguien le hizo la cesárea al tiempo y corrieron las manillas de un reloj antiguo, como apresurando el final de la vieja Cuaresma. Se pidió el silencio con tres golpes a una puerta, que es puerta del mismo cielo. Parecía que se dormía la noche con el único sonido de una candela y la armonía mortífera de una fanfarria que lee un pentagrama escrito con lágrimas. La escena cambia porque Dios ha escuchado tu llamada. Entretanto, va pasando la Buena Muerte de Cristo y a sus lados un lazo de creyentes que se rinden ante la Cruz. Hay silencio porque es lo único que desprende el alma en esos momentos en que ves pasar al Hombre. Y mientras pasa Él, tú le hablas. Le hablas sin mover los labios, buscando la complicidad de quien te ama. Le pides, mientras escuchas a tu lado a un chiquillo preguntarle a su madre tirándole del abrigo: “mamá, ¿este cual es?”. Y la madre le contesta orgullosa: “es el Señor”. Él sonríe y sigue con la mirada la llama de las antorchas. El desfile ya está preparado, los penitentes se giran, cirio en mano, para ver salir a la Virgen de Los Dolores. Ella. Hace muchos años que me asombraba al verla pasar desde las rejas de un balcón de la calle Málaga. Me imponía su presencia y me enamoró. Y era tan guapa como sus ojos decían, como los ángeles cantaban, como reflejaban sus mejillas. Y era tan guapa como decían sus poemas, como rezaban sus fieles, como recordaban las abuelas. Y era tan guapa como los sueños enseñan, como los balcones anuncian, como los cristales reflejan. Y era tan guapa como recitaban los guardabrisas, como relataban las estrellas, como susurraban mientras se mecía. Y era tan guapa como siempre la veía, como yo la imaginaba, como aquel santo día. Y esa belleza que siempre sostenía, me hizo quererla tanto… Por eso su luz siempre está encendida, por eso me atrae su aroma cualquier noche de mi vida, por eso me acerco a Ella cuando nadie la vigila, por eso busco tanto de sus manos la caricia, por eso creo en Ella y 8 me arrimo a su ermita, por eso sus lágrimas tanto me cautivan, por eso voy a verla y siento que me cuida. Y entre el fulgor que desprenden los perfiles que te encuentro, hoy quiero que sepas que por ser tu costalero, yo entrego mi vida a los pies de aquel madero donde se clavó la Buena Muerte del Hombre verdadero. Y al igual que recitaba aquel abuelo penitente, que siempre sintió siete puñales en su corazón latente, que constantemente sonreía inevitablemente al verte y te susurraba muy despacio cuando la noche se hacía relente: “no te vayas, Madre mía. Quédate la noche entera. Déjame que te cante un soneto donde los silencios se elevan”.
Y ese anciano que tanto la quería…

Llevaba hechuras de viejo emigrante.
Su rostro desgastado sostenía
aquella antigua estampa de María,
rindiéndole honores de diamante.

Allí me dijo con voz elegante
que su cuerpo ya no le valía,
que su alma prisionera se partía.
Y su mano apretaba suplicante.

Pasó Dios. Lo estaba esperando.
Entonces, el andar se hizo lento
trovador que vive siempre soñando.

Pasó Dios. Hizo el firme juramento
de vivir todo el año caminando
bajo la eternidad de este cuento.

Y todo lo guardaste silenciosamente en tu corazón. Todo lo hiciste porque confiabas en el amor del Padre. Por eso pusiste todo tu dolor y aguantaste la mirada firme. Permaneciste a su lado con una entereza soberana. Fuiste caminando por las piedras, cuando nadie creía en la verdad de sus palabras. De repente, suena una saeta en el mismo lugar de siempre, con la misma gente, a la misma hora a la que se iba durmiendo un chiquillo que esperaba en el carricoche a que terminara de pasar la procesión. Valiente él, que al amanecer ya estará deseoso de pisar el Compás. Bosteza a ritmo de tambor y sueña con ir en el desfile al lado del estandarte. Mientras, la cruz de guía va visitando a los vecinos que se asoman a los balcones con la bata puesta y el silencio en la boca. La Vía se hace Sacra a su paso. Se extienden alfombras de luz que engalanan las vereas, hasta hacer el escenario perfecto para tanta belleza. Suenan las fanfarrias mientras Pilatos se arrodilla, sabedor de que la sentencia es un papel mojado en lágrimas de penitencia. Nadie mira el reloj porque esta noche es eterna. Las lágrimas del costalero van mojando la escalera al ritmo que marca la banda. Ya arriba, en las vísperas del sueño, Ellos se unen en un mismo son, como llevan haciendo toda la vida. El Hijo le dice a la Madre que no tema. La Madre llora y riega el campo con sus penas. Y ahí, donde se elevan los silencios, en medio de tanto dolor, Ellos cuentan el amor que se profesan, las caricias que precedieron a aquel tormento.

No te vayas, Madre Mía,
la Buena Muerte se acerca.
Tengo tanto que decirte,
tanto amor que aquí fermenta,
que hasta el Adarve reviste
sus balcones con madera
de esta Cruz donde se clava
mi verdad que en Ti reflejas.
No te vayas, Madre Mía,
la Buena Muerte me espera.
Los ángeles ya bajaron,
al cielo mi alma se eleva.
Abrázate a Juan, tu hijo.
Seguiréis mi camino.
Haced vuestra mi palabra
y que broten los suspiros.
No te vayas, Madre Mía,
Priego llorará de pena
si Tú mañana no sales
y te abriga una saeta.
Que tus manos me acunaron
tantas noches de mi vida.
Ahora le das cobijo
a aquellos que te suplican.
No te vayas, Madre Mía,
coge mi mano y no temas.
Alza tu mirada al cielo,
camina por las vereas.
Mustias lágrimas de cristal
se recuestan en tu cara.
Madre Mía, no llores más,
que se marchita mi alma.
Luz de luz, Virgen María,
siete puñales, Dolores.
Corazón que quiere latir
y rendirte mis honores.
No te vayas, Madre Mía,
quédate de madrugada.
Escucha bien la plegaria
que en mi madero se clava.
Ya nació aquel nuevo día
en que los sueños se alcanzan
y en tus manos sostenías,
de perdón, una almohada.
No te vayas, Madre Mía,
quédate la noche entera.
Bajo tu manto se guardan
los sueños de mi Cuaresma.

(Pregón Semana Santa Priego 2016)